En esta era que nos ha tocado vivir, en la que está de moda todo lo relacionado con la adecuada gestión del capital intelectual, va y nos da por demostrar que toda esta palabrería no es más que pura fachada. En las empresas en cuánto pintan bastos sobra la experiencia, excepto, claro está, la que ha sabido anclarse en el regazo del favoritismo fáctico.
En cuanto falta presupuesto, EREs para mayores de 45 años y fichajes de jovenes sobradamente preparados y sobradamente faltos de experiencia a quienes les negamos, precisamente, las fuentes de sabiduría que harían de ellos mejores profesionales y, sin duda, mejores personas, cayendo en la confianza absurda de que basta el empuje juvenil para mover las montañas. Ya nos quejaremos más tarde cuando un porcentaje mayoritario de estos prometedores jóvenes, lisiados en guerras en las que se les armó con carencias fundamentales hayan ardido demasiado pronto y, quemados, se les acumule en el purgatorio de espera al próximo ERE.
Políticamente replicamos estos mismos errores. No voy a entrar en el debate económico, pero parece que en cuanto cumples los 65 sólo tienes valor para el IMSERSO, y además en una forma un tanto peculiar. En lugar de aprovechar su sabiduría, nos empeñamos en aparcar todo ese talento en salones donde voluntariosos trabajadores sociales (en media) y organizadores de actos empiezan a tratarles a todos con la insoportable, frustrante e inaguantable actitud de quien se dirige a un gueto intelectualmente discapacitado.
Tenemos uno de los mejores sistemas sanitarios y sociales del mundo y damos a nuestros mayores parte de aquello con lo que han contribuido. No deseo entrar en el debate de edades de jubilación ni de estabilidad del fondo de pensiones, pero lo que es un hecho es que la mayoría de nuestra tercera edad, nuestra generación 3G, es plenamente capaz y lúcida mucho más allá de los 65 años y creo que habrá algún estudio que demuestre que, al menos, la franja de edad que va desde los 65 a los 75 años, es actualmente tan productiva como cualquier otra franja de edad en el terreno intelectual. Es más, estoy completamente seguro de que permitirles contribuir no es sólo altamente beneficioso para la sociedad, sino también para ellos mismos.
Si usamos bien esa cantera, ello sin duda tendría muchos efectos beneficiosos para todos. Se me ocurre que podría tener sentido darles la posibilidad de escoger seguir trabajando a la vez que cobran, digamos, un porcentaje de sus pensiones: el estado se ahorra un dinero y encima esa persona esta produciendo, y cotizando. En cualquier caso, y más allá de soluciones que no voy a seguir desgranando porque estoy muy lejos de ser un experto en temas socio-económicos, lo que sí es un hecho es que para poder “explotar” esa riqueza natural (riqueza que, en un gran porcentaje, suele decidir pasar largas estancias en nuestroo país) necesitamos poder solventar una serie de problemsas que, esos sí, suelen ser más probables a mayor edad, y que son los problemas de movilidad. Un desarrollo domótico generalista que además de solventar, o más bien ayudar a solventar, los posibles problemas de índole físico sirva para favorecer el acceso y la presencia activa en la sociedad de la información mataría más de un pájaro con el mismo tiro.
No obstante estaríamos cayendo en un gran error si creyéremos que creando “guetos tecnológicos” en forma de plataformas tecnológicas demasiado orientadas es la solución. La clave del éxito de estos proyectos está en que solvente problemas generales. No sólo los discapacitados o determinados sectores de edad tienen problemas de movilidad, también los tienen todas aquellas personas a cargo de nuestra infancia. Realmente lo que necesitamos es mucho más sencillo y más abstracto y es dejar de pensar en solucionar los problemas de un sector demográfico para atacar, sencillamente, problemas concretos y dejando que cada usuario personalice estos sistemas domóticos-inmóticos para que sea la tecnología la que se adapte a su situación, que además puede variar dinámicamente, y no hacer que sea la persona la que tenga que correr detrás de las plataformas tecnológicas implorando una solución. ES más, este tipo de desarrollos acaban siendo demasiado gravosos y demasiado dependientes de ayudas concretas a las que no es demasiado fácil acceder. El efecto gueto, escondido tras el disfraz de la compasión y caridad en nuestra zona de confort es, además, más perjudicial de lo que parece, pues impulsa a pensar en determinados sectores demográficos como sectores “de coste” y no hay nada más lejos de la realidad. Si ayudamos de verdad a las personas, obtendremos siempre lo mejor de éstas, y lo que más desea una persona es ser útil. Por favor, permitamos que todos seamos útiles: no nos arrepentiremos.
A mi entender invertir en infraestructuras domóticas e inmóticas generalistas, en la forma de plataforma genérica basada en estandares abiertos e interoperables no dependientes de un ooperador concreto sólo puede traernos beneficios. Por un lado creamos un canal para aplicaciones de negocio no prisioneras del dueño de las infraestructuras físicas, pero que permite la creación de negocio que pueda darle beneficios. Además, una vez creadas estas infraestructuras, el hacer crecer sobre ellas soluciones dedicadas sería mucho más barato, influyendo ello sin duda a una mayor propagación y difusión: en definitiva a que las inversiones den para más y lleguen a más. En estos casos el retorno de la inversión será más factible y por tanto menos gravoso para los fondos públicos que, incluso, puede que se lleven la sorpresa de que combinando estas infraestructuras con otras medidas pueden recoger beneficiosos tornándose el RoI positivo, pues es un hecho que retornará, o podría retornar, en forma de talento. De ese talento que echamos en falta, en tanta falta, en la mayoría de las empresas.
Últimamente observo con atención proyectos y acciones en el marco de la Unión Europea como AAL (Ambient Assisted Living). Creo que, aunque las acciones emprendidas hasta ahora no son las más ambiciosas, sí que está razonablemente bien encaminada desde sus orígenes, desde la etimología de su acrónimo: Las redes de sensores ambientales, proporcionan una inteligencia de servicios abstracta de cuya correcta interacción pueden emerger aplicaciones bien adaptadas a sus consumidores, personas concretas con necesidades concretas. También coincido con su intención de ser útiles más allá de su sector objetivo inicial, la tercera edad, para atender a cualquier situación análoga, pero insisto en la necesidad de ir un paso más allá y que la infraestructura tecnológica descanse sobre una base lo más abstracta posible. Esta temática, apasionante, en la que convergen tantas áreas de pensamiento siempre me ha resultado de interés, y no tengo ninguna duda de que puede ser la siguiente gran revolución por llegar. Una revolución menos visible pero más profunda en la que la interacción persona-máquina será más intensa y menos intrusiva. ¡¡Veremos!!




1 comentario de momento ↓
1 Leo Borj // 2009-06-16 a las 0:06
Interesante colofón para una reflexión muy bien llevada. “Pelotéos” a parte, creo que es en este tipo de cuestiones en las que más nos deberíamos centrar en detrimento del “furbol” (que no Fútbol) y similares.
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