He leído el artículo de la revista Time The geometry of music en el que se divulga el interesante resultado de la investigación de Dmitri Tymoczko, quien ha encontrado una forma elegante de asociar un espacio geométrico determinado a una cierta familia de acordes (¿tonalidades?).
La gracia de la teoría desarrollada, que se basa en el mismo aparato matemático usado para formular la teoría de las super-cuerdas, es que describe geométricamente todos los posibles acordes y así, por ejemplo, los acordes de dos notas tienen como representación una cinta de Möbius. Una consecuencia, esperada, es que la mayor parte de la música que escuchamos sólo barre una mínima parte de las posibilidades existentes y quizá esta herramienta de visualización sea la puerta de entrada para encontrar formas musicales que, sin esta ayuda, tal vez habrían permanecido ocultas.
Bueno, hasta aquí la parte seria/divulgativa, si sigues leyendo sólo encontraras desvaríos de medianoche.
Realmente la lectura del artículo me ha despertado mil curiosidades, frenadas sobre todo por una ignorancia en teoría musical y teoría matemática, pero a pesar de ello quisiera compartir algo con quien tenga la paciencia, y seguramente la condescendencia de seguir leyendo. Siempre he oído decir que la música es el lenguaje del alma y, aunque no comparto totalmente esa opinión, sí me parece evidente que es un mecanismo más fiel que la palabra para comunicar sensaciones, emociones y, a veces, ideas y conceptos, sobre todo cuando esas ideas y conceptos no son formalmente calificables con otros lenguajes.
En un proceso de comunicación tradicional, podemos distinguir las siguientes etapas:
- Existencia de “algo” a transmitir.
- Comprensión interna de lo que se quiere transmitir.
- Expresión interna en el universo conceptual del individuo de lo que se ha comprendido que se quiere transmitir.
- Expresión interna en el idiolecto, el subconjunto del idioma “nativo” del individuo de lo que se ha comprendido que se quiere transmitir.
- Expresión externa en el idiolecto del transmisor, en el contexto de su idioma nativo, de lo que se ha comprendido que se quiere transmitir.
A estas cinco etapas de transmisión seguirían otras cinco en el receptor que le llevarían a sintonizar en su interior otro “algo” que, con suerte, con mucha suerte, tendrá un cierto parecido con lo que el transmisor pretendía compartir con el receptor.
Cuando se usa un lenguaje formal y se puede garantizar isomorfismo en las distintas transformaciones, en las distintas traducciones, hay garantías razonables de que la reconstrucción es perfecta: Un ejemplo claro es una formulación matemática, pero cuando el mensaje es más complejo, como por ejemplo la siguiente frase: ” ‘Estoy’ ‘razonablemente’ ’satisfecho’ “, la cosa se complica enormemente. En ese tipo de comunicados los lenguajes formales no son de gran ayuda y sólo una gran dosis de empatía y un gran conocimiento del transmisor y sus circunstancias pueden venir en nuestra ayuda. Es en estos casos en los que el lenguaje musical puede venir en nuestra ayuda, pues elimina las “pérdidas” asociadas a los pasos 4 y 5 del transmisor y los respectivos del receptor (aunque hay quien discutiría, al menos en parte, el paso 4).
El trabajo de Dmitri Tymoczko, entiendo que nos proporciona la herramienta para entender mejor lo expresado en cualquier mensaje musical, con independencia del idioma que se use para expresarlo.
Si existiera una transformada musical (sucesión de armónicos)-mental (configuraciones de campo o pseudo ondas-alfa), podría tener sentido físico el uso de la música como soporte para la transmisión de mensajes, (auto)sugestiones, tal vez mensajes subliminales ¿Un evento musical periódico se podría transformar en una configuración de campo estable en el espacio-tiempo del cerebro receptor?, ¿en la “formación de imagen” en el receptor del concepto/emoción que se desea transmitir? (en el caso de que dos cerebros mostraran la misma configuración de campo para los mismos conceptos, cosa harto improbable, así que aunque fuera cierto necesitaríamos codificar en el mensaje la configuración del cerebro emisor para tener una adecuada sintonización en el receptor, así que siempre tenemos el problema de traducción de los puntos 1 y tal vez también 2).
¿Puede ser la música el lenguaje de especificación formal universal de las emociones, ese lenguaje del alma?
Actualización 20080529: Leo en este artículo que hay visos de éxito en cuanto a establecer una relación entre lenguaje y zonas de activación en el mapa cerebral captadas con técnicas de resonancia magnética. Este descubrimiento, siendo interesante, me parece que no abordará el problema completo pues lo importante es dar con el metamodelo que da validez a esa relación. No obstante, como supongo experimentarán con una muestra de individuos con similar contexto, no deja de ser una buena pista de que merece la pena investigar en esa línea. El uso de la música daría mucho más de sí, experimentando con las imagenes mentales que produzcan músicas de distintos estilos en los cerbros y que pueden ser incluso una condición de contorno a la hora de analizar la respuesta cerebral. A nadie se le escapa que la misma palabra puede tener distintos efectos en función de cómo se entone.
Partiendo de esas investigaciones surgirán, espero, otras muy interesantes, como por ejemplo la posibilidad de modelar el cerebro como una base de datos ontológica con “procedimientos almacenados” capaces de desencadenar respuestas químicas, lo que puede resultar de mucho interés, enlazando aún más si cabe el mundo de la psiquiatría con el de la psicología.
Desde luego es un tema apasionante… ya veremos como evolucionan estas investigaciones…




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